Siempre miré de reojo las bolsas de papas fritas congeladas que venden ya preparadas en los supermercados. Su empaque, en inglés, me hacía pensar que seguramente tenían un precio exorbitante. Una desviación pequeño burguesa que no estaba dispuesto a darme.
Y no es que no me gusten las papas, las adoro. Y cómo no las voy a adorar si en mi cabeza aún recuerdo un anuncio, con canción pegajosa incluida, que motivaba a la gente a comer papa.
Mi mamá me aclaró que fue después de una gran donación de papas de un país de la ahora desaparecida Unión Soviética. Cuál, no sé. Algunos nicas, amantes todos de las teorías conspirativas, decían que venían de los campos cercanos a Chernobyl, y que por eso además su gran tamaño. Leyenda urbana.
El spot (que no he podido encontrar), tenía imágenes de cientos de papas cayendo por una línea de producción, en canastos del mercado, en el plato. La letra decía "La querés en guiso, que qué!... Me gusta el puré de papa, me gusta la buena comida".
Un día decidí comprar las papas congeladas, como una manera de demostrarme a mí mismo que los tiempos cambian, que ahora sí podía comprar productos importados. “Ya sólo falta que empecés a jugar Tenis o Badminton”, me advirtió Migomismo. El precio no era tan exorbitante después de todo, las reglas del mercado y el capitalismo, cosa que no entiendo.
Siempre he sentido algo de sospecha de la gente que nació después del 90. Pienso que no les tocó comer pastel con el baño tieso, con la leche condensada escasa. No. Tampoco les tocó ver cómo alguna gente vendía huevos ilegalmente. Seguro nunca les pasó que no pudieran pedir una gaseosa en un restaurante, porque para hacerlo tenías que pedir algo de comer.
Algo de mágico tenía esperar los dibujos animados en el televisor Caribe amarillo, al que debía pegarle en el costado para que terminara de encender. Si le pegaba más de dos veces era peligroso, hubiera sido una tragedia. Ahí vi La Princesa de los Mil Años, hasta ahora la mujer más linda que he visto, y eso que la conocí en blanco y negro.
Por cierto, el sabor de las papas congeladas son "otros cien pesos". Nada que ver con las papas del anuncio. A mí me gusta el puré de papa, me gusta la buena comida.
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Thursday, April 25, 2013
Thursday, April 11, 2013
Unos días en Guatemala
11 de la mañana aproximadamente. Comienzo a caminar y aunque está soleado, no siento calor. Claro está, no estoy en Managua. “Así se siente caminar sin que te sude el espacio que hay detrás de las rodillas” –pienso.
Estoy en Ciudad de Guatemala, adonde llegué hace un par de horas. Desde que aterrizamos tengo todos mis sentidos en alerta amarilla, ya que antes de salir de Managua los comentarios y recomendaciones de familiares, amigos y colegas de trabajo aumentaron más mi paranoia, causada entre otras cosas por leer esporádicamente los periódicos de la región centroamericana.
Llego aquí como un centroamericano que piensa que a esta región la unen realidades similares. Terminaré mi viaje convencido de que eso no es tan así, pero eso no es parte de esta entrada.
Sigo caminando hacia un centro comercial cercano al hotel donde me hospedo. Me rodean edificios de oficina, tiendas, centros financieros y uno que otro puesto de comida ambulante. Después me daré cuenta que esta es la zona 10, una de las más modernas, eufemismo a veces usado para describir algo con cierto lujo. Algunos a mi alrededor visten de saco y corbata, otros visten trajes indígenas mayas o ropa casual. Trato de recordar otras veces que he experimentado este contraste visual en mi vida. Pocas.
La amabilidad y formalidad en el lenguaje que utilizan las personas que me atienden en hoteles y restaurantes me desconcierta. No me suena natural y me hace sentir un poco incómodo. Estoy convencido que al darme la vuelta hablarán con normalidad, dirán alguna grosería, contarán algún chisme de trabajo y yo me lo voy a perder todo. Esto no pasa en Managua muy seguido, donde la gente usualmente no se reprime frente a los clientes.
Tres días han pasado y sigo maravillado por el paisaje de este país. Mientras vamos camino a Ciudad de Guatemala desde Quetzaltenango, trato de imaginar el viaje que no pudo hacer mi papá cuando era pequeño porque el carro en el que viajaban no podía subir los cerros que hay en esta carretera. En ese tiempo, imagino, viajar por Centro América no incluía las historias de asaltos y secuestros, que ahora nos comparte de manera despreocupada el conductor del microbus en el que viajamos.
Estoy en Ciudad de Guatemala, adonde llegué hace un par de horas. Desde que aterrizamos tengo todos mis sentidos en alerta amarilla, ya que antes de salir de Managua los comentarios y recomendaciones de familiares, amigos y colegas de trabajo aumentaron más mi paranoia, causada entre otras cosas por leer esporádicamente los periódicos de la región centroamericana.
Llego aquí como un centroamericano que piensa que a esta región la unen realidades similares. Terminaré mi viaje convencido de que eso no es tan así, pero eso no es parte de esta entrada.
Sigo caminando hacia un centro comercial cercano al hotel donde me hospedo. Me rodean edificios de oficina, tiendas, centros financieros y uno que otro puesto de comida ambulante. Después me daré cuenta que esta es la zona 10, una de las más modernas, eufemismo a veces usado para describir algo con cierto lujo. Algunos a mi alrededor visten de saco y corbata, otros visten trajes indígenas mayas o ropa casual. Trato de recordar otras veces que he experimentado este contraste visual en mi vida. Pocas.
La amabilidad y formalidad en el lenguaje que utilizan las personas que me atienden en hoteles y restaurantes me desconcierta. No me suena natural y me hace sentir un poco incómodo. Estoy convencido que al darme la vuelta hablarán con normalidad, dirán alguna grosería, contarán algún chisme de trabajo y yo me lo voy a perder todo. Esto no pasa en Managua muy seguido, donde la gente usualmente no se reprime frente a los clientes.
Tres días han pasado y sigo maravillado por el paisaje de este país. Mientras vamos camino a Ciudad de Guatemala desde Quetzaltenango, trato de imaginar el viaje que no pudo hacer mi papá cuando era pequeño porque el carro en el que viajaban no podía subir los cerros que hay en esta carretera. En ese tiempo, imagino, viajar por Centro América no incluía las historias de asaltos y secuestros, que ahora nos comparte de manera despreocupada el conductor del microbus en el que viajamos.
Monday, February 11, 2013
14 de febrero, algo más que San Valentín
Este 14 de febrero en Managua será así la cosa: restaurantes llenos, familias felices, parejas agarradas de la mano, novios buscando a última hora rosas que hayan “sobrevivido” a la estampida…
Paralelo, como muchas cosas que se escapan al marketing de días “especiales” como San Valentín (Valentine´s Day para no desentonar), en muchos lugares del mundo miles de personas se habrán levantado y habrán bailado para hacer conciencia y pedir el fin de la violencia contra mujeres y niñas.
La iniciativa se llama “Un billón de Pie” y lleva ese nombre porque las estadísticas han demostrado que 1 de cada 3 mujeres va a ser golpeada o violada en el transcurso de su vida. Ahora que somos más de 7 mil millones, significa que mil millones de madres, hijas, abuelas, hermanas, novias y amigas conviven con la violencia en todo el mundo.
Lamentablemente, las coincidencias no existen y seguramente alguien que amas, de tu familia o amigos es víctima, o lo ha sido, de violencia.
Para unirse a la iniciativa “Un billón de Pie” basta reunirse con amigos, colegas de trabajo y bailar, moverse. Tomar una fotografía y enviarla por las redes sociales mostrando tu apoyo, tratando de hacer conciencia, compartiendo también información sobre este problema con cuanta persona se pueda. Utilizar el Facebook (www.facebook.com/unbillondepie) y el Twitter (#1billionrising) para algo más que dar “Me gusta” y compartir corazones.
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