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Thursday, October 28, 2010

Sindrome del centro del mundo

Siempre recuerdo una anécdota de mi ex-jefa. Ella era corresponsal extranjera en Nicaragua durante la década de los 80s. “Teníamos un club”, me decía con algo de nostalgia, “quedaba en Las Colinas”. Sí, eran los tiempos en que los medios más importantes de Estados Unidos, Europa, Cuba, URSS, RDA, etc, tenían sus ojos apuntados a nuestro país.

Toda agencia internacional tenía a su corresponsal aquí. Muchos de los mejores periodistas de la época pasaron por el aeropuerto de Managua, con su Pulitzer debajo del brazo, con aire de la siguiente portada del New York Times.



Pero si uno ve las portadas de medios internacionales hoy en día (y no, Granma no cuenta), no se necesita mucha rigurosidad científica para constatar que Nicaragua ya no aparece en “agenda”. No protagonizamos ninguna portada. Ya no somos el “centro del mundo”, ni siquiera el centro de Centroamérica, a parte de la característica geográfica, digo.

Pero tal vez ese anonimato no es necesariamente malo, les explico; hace poco en Berlin, donde me invitaron a un curso de periodismo, constaté que si por algo es reconocido aún nuestro país es por la revolución Sandinista, Daniel Ortega y muchos de los protagonistas de la misma (los nueve, los hermanos Cardenal, entre otros).

Pues para muchas personas informadas del mundo, lo que aún “saben” de Nicaragua es que estábamos en guerra hasta “hace poco”; éramos pieza clave de la guerra fría y que nuestro Presidente es el mismo que el de aquella época. Yo al menos quisiera que se nos conociera también por otras cosas.

En lo personal, no me gusta que la gente tenga una imagen “equivocada” de mi país, así que les explicaba a las personas con las que iba hablando que: no estamos en guerra, es más, somos uno de los países latinoamericanos con menos homicidios per capita (no que sea un paraíso de seguridad); este gobierno no es el mismo del de los 80s (la mayoría de esos nueve comandantes e intelectuales de izquierda ya no son “militantes” del FSLN); y aunque el Presidente es el mismo y rescata algunos adjetivos de la época en sus discursos (imperialistas, yanquis, etc.), tampoco puede ser considerado el líder de un proceso revolucionario, pues aquí, que yo sepa, no hay ninguna revolución, a no ser que revolucionario sea “resucitar” artículos transitorios de la constitución política y penalizar derechos que existían desde hace décadas.

Tal vez sea yo, pero preferiría vivir en el anonimato total que seguir siendo “conocido” por cosas como “el granero de Centroamérica”, la esperanza de “un nuevo sol”, y ya para qué seguir si ya saben de lo que hablo.

Nadie habla de Suecia, por ejemplo; qué aburridos son esos países en los que lo más relevante puede ser, digamos, que una de sus empresas insignia fue vendida a un consorcio chino; nada de pedradas, fraudes o sustantivos exagerados que van perdiendo su significado cada vez que alguien los usa de manera antojadiza (ejemplo concreto: “dictadura”).

Volviendo al cuento de mi ex-jefa. Un par de años atrás, cuando ella regresaba de vacaciones, de visitar a su familia en el extranjero, me decía que se sentía descansada, sobre todo porque en los periódicos de “allá” nunca se hablaba de Nicaragua -“nada de qué preocuparse”- seguro pensaba. Tal vez deberíamos sentirnos más cómodos con esa realidad, empezar a construir el futuro a partir del presente, sin melodrama, volvernos un poco más “aburridos”, y buscar como nos conozcan como el país donde se filma la nueva temporada de Survivor.

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