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Thursday, April 11, 2013

Unos días en Guatemala

11 de la mañana aproximadamente. Comienzo a caminar y aunque está soleado, no siento calor. Claro está, no estoy en Managua. “Así se siente caminar sin que te sude el espacio que hay detrás de las rodillas” –pienso.

Estoy en Ciudad de Guatemala, adonde llegué hace un par de horas. Desde que aterrizamos tengo todos mis sentidos en alerta amarilla, ya que antes de salir de Managua los comentarios y recomendaciones de familiares, amigos y colegas de trabajo aumentaron más mi paranoia, causada entre otras cosas por leer esporádicamente los periódicos de la región centroamericana.

Llego aquí como un centroamericano que piensa que a esta región la unen realidades similares. Terminaré mi viaje convencido de que eso no es tan así, pero eso no es parte de esta entrada.

Sigo caminando hacia un centro comercial cercano al hotel donde me hospedo. Me rodean edificios de oficina, tiendas, centros financieros y uno que otro puesto de comida ambulante. Después me daré cuenta que esta es la zona 10, una de las más modernas, eufemismo a veces usado para describir algo con cierto lujo. Algunos a mi alrededor visten de saco y corbata, otros visten trajes indígenas mayas o ropa casual. Trato de recordar otras veces que he experimentado este contraste visual en mi vida. Pocas.

La amabilidad y formalidad en el lenguaje que utilizan las personas que me atienden en hoteles y restaurantes me desconcierta. No me suena natural y me hace sentir un poco incómodo. Estoy convencido que al darme la vuelta hablarán con normalidad, dirán alguna grosería, contarán algún chisme de trabajo y yo me lo voy a perder todo. Esto no pasa en Managua muy seguido, donde la gente usualmente no se reprime frente a los clientes.

Tres días han pasado y sigo maravillado por el paisaje de este país. Mientras vamos camino a Ciudad de Guatemala desde Quetzaltenango, trato de imaginar el viaje que no pudo hacer mi papá cuando era pequeño porque el carro en el que viajaban no podía subir los cerros que hay en esta carretera. En ese tiempo, imagino, viajar por Centro América no incluía las historias de asaltos y secuestros, que ahora nos comparte de manera despreocupada el conductor del microbus en el que viajamos.

Ya en Ciudad Guatemala, quedo con una amiga de ir al Centro Histórico. En el camino hacemos una parada en un restaurante que afuera no tiene rótulo, y que en la entrada tiene un portón de seguridad que se abre una vez que estableciste contacto visual con la propietaria. Mi amiga ha venido antes, así que nos dejan pasar. Mis sentidos vuelven a estar en alerta.

Adentro, un lugar con música a un volumen bajo, gente riendo, un patio bonito, ambiente relajado. Sobre todo el bullicio se alza mi voz, aparentemente hablo bastante alto. Nadie hace contacto visual conmigo. La “seño” que nos trae una cerveza es igual de amable que todas las personas que me han atendido antes. Quién sabe de qué conversación me perderé cuando ella esté en la intimidad de la cocina con sus compañeros de trabajo.

Reanudamos el tour por el Centro Histórico donde me llama la atención ver el TransMetro, una línea de buses diferenciada que cubre algunas zonas de la capital y que cuenta con un carril exclusivo en avenidas y calles por los que transita. Todo un sueño para Managua, donde la introducción de una tarjeta de pago con chip es lo más cercano a modernidad que se ha discutido recientemente para el transporte público.

Al terminar la tarde por el Centro Histórico abordo un taxi que mi amiga me hizo el favor de llamar, son los más seguros que hay, me dice. Aquí algo que regularmente se hace en Managua (llamar a un taxi de confianza), se ha convertido en una empresa formal aparentemente lucrativa.

Ya abordo, advirtiendo de antemano la respuesta el taxista me pregunta si soy de Guatemala. Él me dice, como desahogandose, que la violencia es incontrolable, que al menos él tenía la expectativa que con el nuevo Presidente habría mano dura. “Son los derechos humanos los que no lo dejan trabajar”, me dice.

Quizás me hubiese sorprendido por su opinión, de no ser porque unos días antes en una plática casual en Quetzaltenango, un empresario me dijo “deberían de matarlos (a los criminales), es la única manera”.

En las calles cerca del Centro Histórico ya hay pocos vehículos. Nadie toca la bocina, algo de lo que un managüense se percata apenas llega a esta ciudad. Y es que aquí tocar la bocina puede ser mortal, no son pocas las historias de balaceras y agresiones. "Hasta eso ha llegado a modificar la violencia" –pienso. Dejo Guatemala con la idea que conozco un poco mejor el país, convenciéndome que he ido más allá de aquellas vacaciones en Ciudad Antigua años atrás.

Esta vez vine a documentar historias de jóvenes emprendedores, con ganas de hacer sus pequeños negocios o iniciar una carrera técnica. Y me voy esperando que no se cumpla la predicción del empresario en Quetzaltenango, que muy a su pesar me dijo “el problema es que a esos muchachos los termina envolviendo la violencia”.

* Actualizado 17.04.13

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1 comment:

  1. Hey, centroamericano: nice. La gente que no hace contacto visual... y a veces preguntás y no te contestan: dicen que tantos años de violencia les ha enseñado a no mirar, no decir.

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